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AOVE y CIMA en mi maleta

Toda una vida soñando con tener con una piscina en casa, y cuando por fin la tengo, llega el vino. Me explico… Yo soy piscinera, playera… a mí el Sol me da la vida. Me puedo pasar horas y horas disfrutando de sus propiedades, yo solita, en la arena costera o en la hamaca del club, no necesito más.  Este año voy,  y me compro una casa con piscina, esto ocurrió en enero, bien pues ha pasado el verano y apenas la he disfrutado. Y, ¡estoy feliz!

Qué tendrá el mundo del vino y del aceite, que me ha atrapado hasta el punto de pasarme el verano de reuniones, de estudios y todo por, saber y saber más, de este proyecto tan bonito que en la vendimia 2018 vio la luz junto a los mejores socios: mi padre y mi hermano, y con el nombre de mi mayor SOL, mi madre: Marisol Rubio.

Bodegas Marisol Rubio cuanto más te conozco, más me atraes. Más quiero aprender, mejor servicio y atención quiero ofrecer a clientes y amigos, a la gente que nos ha apoyado en este sueño, hoy cumplido.

Me atrapaste, hasta el punto de quedarme sin piscina. Eso sí, mi máxima desde hace más de dos décadas de conocer como mínimo un par de países anuales, la cumplí. En esta ocasión, tocaba República Dominicana.

Cogí rumbo a patear, y descubrir, el país tropical, gran elección por todo lo que me aportó en este comienzo de año como bodeguera. La naturaleza puede darte todo, como les ocurre a los dominicanos, suelos ricos en materia orgánica favorecidos por una diversidad agroclimática, que dan como resultado unos frutos ricos y saludables, sin embargo poco conocidos. “Lo que no se cuenta, no existe” frase muy en voga, ahora en un mundo digitalizado.

Hablar con los locales, me apasiona, conocer su forma de vida, su cultura e inquietudes… y no pude resistirme a preguntarles sobre los “motoconchos” esas motos básicas cargadas de familias, y grandes utensilios, donde la seguridad vial brilla por su ausencia. “Pá llevar casco hace mucho calor, señorita, y yendo muchos aprovechamos el mismo viaje”, me decían. Cuán importante el sentido común, la disciplina y el esfuerzo, me venía a la cabeza.

Subí de Punta Cana, a La Romana, Santo Domingo, La Vega,  Santiago de los Caballeros… Y observé, como muy poquitos privilegiados tienen acceso a beber una copa de vino. Debes irte a restaurantes muy costosos para poder saborear una buena botella de blanco o tinto. Aquí, beber vino es un factor de distinción social, propio de personas cultas, acostumbradas a viajar y a adquirir costumbres refinadas  ¡Suerte la de nosotros, españoles, que hacemos buenos vinos, y tenemos fácil acceso a ellos!

Seguí conduciendo hasta Puerto Plata, donde topé con la señora Cecilia, en cuyas cabañas me alojé. Gran experiencia encontrar a esta mujer, de vida apasionante, viuda de un irlandés, habitante de Nueva Jersey, y gestora de este hotelito a pie de playa. Porque otra de las maravillas de República Dominicana como saben, es su costa, y para mí, la mejor, la poco explotada Nagua. Su fría temperatura, su rebeldía, su post gusto salino que no deja indiferente, y que lo diferencia de sus mares cercanos, me recordaban a CIMA, de Marisol Rubio. ¡Cuánto lo disfruté!

Y así, pasó mi verano, bailando a ritmo de samba y bachata, apasionada por descubrir y explorar, con el intento de “ser mejor persona cada día”- como dice mi sabio padre -, aprendiendo de la humildad y de la alegría de las gentes, con el sabor profundo de cada instante, con una sonrisa,  y acompañada, eso sí, por productos de calidad, por bodegas Marisol Rubio, que no faltaron en mi maleta.

Piedad Garrido

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